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viernes, 11 de enero de 2013

No queme sus libros impresos, les queda una larga vida

Amantes de la tinta y el papel, recuperen el aliento. Los informes sobre la muerte del libro impreso podrían ser exagerados.
Desde que Amazon presentó su popular lector electrónico Kindle hace cinco años, los expertos han asumido que el futuro de la edición de libros es digital. Las opiniones sobre la velocidad del cambio desde la página a la pantalla han cambiado. Pero el consenso ha sido que la digitalización, luego de dominar la música, la fotografía y los mapas, se impondría con el tiempo también sobre los libros. Para 2015, un experto en medios predijo hace unos años, los libros tradicionales habrían desaparecido.
Brain Stauffer
Una encuesta realizada en 2012 reveló que sólo 16% de los estadounidenses compraron un libro electrónico.
Media década después de la revolución del libro electrónico, sin embargo, el diagnóstico de los libros tradicionales de repente parece más alentador. Los libros de tapa dura están mostrando una resistencia sorprendente. El crecimiento de las ventas de libros electrónicos se está volviendo marcadamente más lento. Y las compras de libros electrónicos de hecho se están reduciendo, en momentos en que los consumidores eligen en cambio tabletas multipropósito. Quizás los libros electrónicos, en lugar de reemplazar los libros impresos, terminarán cumpliendo un rol más parecido al de los libros de audio: un complemento a la lectura tradicional, no un sustituto.
¿Cuán atraídos se sienten los estadounidenses a los libros anticuados? Basta con observar los resultados de una encuesta del Centro de Investigación Pew divulgada el mes pasado. El informe mostró que el porcentaje de adultos que han leído un lector electrónico aumentó moderadamente durante el último año, de 16% a 23%. Pero también reveló que 89% de los lectores habituales de libros indicaron que habían leído al menos uno impreso durante los 12 meses anteriores. Sólo 30% reportó haber leído al menos un libro electrónico durante el último año.
Es más, la Asociación de Editores Estadounidenses informó que la tasa de crecimiento anual de ventas de libros electrónicos cayó de forma abrupta durante 2012, a alrededor de 34%. Eso sigue siendo una cifra saludable, pero es una marcada caída frente a las tasas de crecimiento de tres dígitos registradas en los cuatro años previos.
La explosión inicial de los libros electrónicos está comenzando a parecer una aberración. Los primeros en adoptar la tecnología, un grupo pequeño pero entusiasta, se pasó al libro electrónico enseguida y durante un período concentrado. Será difícil encontrar más conversos. Una encuesta de 2012 realizada por Bowker Market Research reveló que sólo 16% de los estadounidenses de hecho compraron un libro electrónico y que un abultado 59% afirma que no tiene "ningún interés" en comprar uno.
En tanto, el cambio desde los lectores electrónicos a las tabletas también podría estar afectando las compras de libros electrónicos. Las ventas de lectores electrónicos se derrumbaron 36% en 2012, según estimaciones de IHS iSuppli, mientras que las ventas de tabletas explotaron. Cuando se ven forzados a competir con los placeres fáciles de los juegos, videos y Facebook en aparatos como el iPad y el Kindle Fire, los libros electrónicos pierden gran parte de su atractivo. El hecho de que un libro electrónico no pueda venderse ni regalarse luego de haberlo leído también reduce el valor percibido del producto.
Más allá de las razones prácticas de la caída del crecimiento del libro electrónico, algo más profundo podría estar sucediendo. Quizás hayamos evaluado mal la naturaleza del libro electrónico.
Desde el comienzo, las compras de libros electrónicos se inclinaron de forma desproporcionada hacia la ficción, y las novelas representan cerca de dos tercios de las ventas. Las listas de libros digitales más vendidos son dominadas por novelas de género, como de suspenso o románticas. La lectura en pantalla parece ser particularmente adecuada para la clase de entretenimiento liviano que se ha vendido tradicionalmente en supermercados y aeropuertos como libros de bolsillo masivos.
Estos son, por diseño, los libros más fáciles de desechar. Los leemos con rapidez y no nos interesa conservarlos luego de terminarlos. Incluso nos podría dar un poco de vergüenza que nos vean leyéndolos, lo que hace que las versiones digitales anónimas sean más atractivas. El fenómeno "Cincuenta sombras de Grey" probablemente no se hubiera producido si los libros electrónicos no existieran.
Los lectores de textos de más sustancia, incluida la ficción literaria y la no ficción narrativa, se han inclinado menos hacia lo digital. Parecen preferir el peso y la durabilidad, los placeres táctiles, de lo que aún llamamos "libros reales", del tipo que se puede colocar en un estante.
Los libros electrónicos, en otras palabras, podrían resultar ser simplemente otro formato, un libro de bolsillo aún más liviano y desechable. Eso encajaría con el descubrimiento de que una vez que las personas comienzan a comprar libros digitales, no necesariamente dejan de comprar los impresos. De hecho, según Pew, casi 90% de los lectores de libros electrónicos siguen leyendo volúmenes físicos. Los dos formatos parecen tener propósitos distintos.
Tras haber sobrevivido 500 años de revolución tecnológica, el invento de Gutenberg también podría salir airoso de la ofensiva digital. Hay algo especial en un libro recién impreso y bien encuadernado que no parecemos ansiosos por dejar ir.
—Carr es autor del libro "The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains".

viernes, 23 de noviembre de 2012

Los libros de texto gratuitos amenazan a las editoriales universitarias

Start-ups que ofrecen libros de texto copiados atraen a los estudiantes y a las denuncias.

Si le preguntas a Ariel Diaz por qué se enfrenta a la industria de los libros de texto universitarios, te dirá “Cuaternios”.
Los cuaternios son sistemas numéricos usados para calcular el movimiento tridimensional, muy populares para crear gráficos de ordenador. Diaz necesitaba un curso intensivo para ayudarle con un trabajo de consultoría después de que su start-up, una plataforma de vídeo en línea, Youcastr, hubiera fracasado. Empezó por Wikipedia y descubrió que era sorprendentemente buena explicado esta matemática compleja. 
Diaz, que aún está dolido por lo que le costaron los libros de texto durante la carrera y el doctorado, se dio cuenta de que había dado con su próxima idea de negocio. En 2011 inauguró Boundless Learning, una empresa con sede en Boston (EE.UU.) que ha empezado a regalar libros de texto electrónicos que cubren asignaturas universitarias como historia americana, anatomía y fisiología, economía y psicología.
Lo controvertido es cómo crea Boundless estos textos. La empresa busca material público en sitios como Wikipedia y luego elabora libros en línea cuyos capítulos siguen fielmente los de los textos universitarios más vendidos. Varias editoriales grandes denunciaron a Boundless en abril, acusando a la start-up de tener “el robo como modelo de negocio”.
Robo o no, la industria de los libros de texto está madura para recibir un impulso transformador por parte de Internet. En la actualidad las editoriales funcionan usando lo que Mark Perry, profesor de la Universidad de Michigan (EE.UU.), denomina modelo "cartel": a los estudiantes se les exige que compren textos específicos por un precio elevado. Perry ha calculado que el aumento del precio de los libros de texto ha triplicado al de la inflación desde la década de 1980.
De media, los estudiantes universitarios se gastan unos 1.200 dólares al año (unos 935 euros) en libros y material escolar. Ese gasto, que a veces superan el coste de la propia enseñanza en las universidades comunitarias, está provocando una rebelión generalizada en contra de las editoriales. En febrero de este año, los legisladores del estado de California aprobaron una ley ordenando al estado a producir versiones gratuitas de los textos usados en los 50 cursos universitarios más populares del estado. En octubre, Arne Duncan, Secretario de Educación, afirmó que los libros de texto impresos, una negocio que mueve 6.000 millones de dólares anuales (unos 4.700 millones de euros) en Estados Unidos (teniendo en cuenta las ventas de libros nuevos y usados), deberían ser “obsoletos”.
Al contrario que las editoriales, que hacen las campañas de venta de sus libros para los profesores, la empresa de Diaz apunta directamente a los estudiantes. En el verano de 2011, Boundless envió a comerciales a repartir folletos en cuatro campus estadounidenses, incluyendo los de Boston University y Florida State University. Diaz afirma que en unas pocas semanas la empresa tenía estudiantes apuntándose de mil universidades distintas, aunque no revela la cantidad de estudiantes que se han descargado libros de texto de Boundless.
En su denuncia, presentada en marzo, las editoriales Cengage Learning, Pearson Education y MacMillan Higher Education acusan a Boundless de violación de los derechos de autor, publicidad engañosa y competencia desleal. Diaz niega todas las acusaciones. Afirma que su empresa solo usa información pública y ni siquiera fabrica o vende libros de textos. “No nos consideramos una empresa de libros electrónicos, de libros de texto en línea, ni siquiera de libros de texto 2.0”, sostiene. “Nuestra idea es cómo crear la próxima generación de plataformas de contenido, lo que va mucho más allá de un libro de texto”.
De momento, sin embargo, reemplazar libros de texto como los Principios de Economía de N. Gregory Mankiw (que se vende por 294 dólares nuevo, unos 230 euros) o la Biologíade Campbell y Reece (208 dólares, unos 160 euros), sí parece ser la principal actividad de Boundless. Cuando los estudiantes introducen el título de cualquiera de estos dos textos en el sitio web de Boundless, aparece un mensaje parpadeante que dice “Preparando tu libro”. Poco después, aparece un índice en la pantalla.



En el caso de los Principios de Mankiw, Boundless ofrece un texto resumido que cubre los mismos conceptos económicos básicos. Mankiw es un escritor vivaz que empieza su capítulo sobre los impuestos con una anécdota sobre Al Capone. La versión de Boundless se parece más a un texto de referencia, pero su organización sigue fielmente la de Mankiw. Ambas tienen 36 capítulos e incluso comparten la primera frase: “La palabra economía deriva del griego oikonomos, que significa el que gestiona una casa”.
Los libros sustitutivos de Boundless son atractivos para estudiantes como Heather Haygood, que está en su tercer año en el Pikes Peak Community College de Colorado Springs, Colorado (EE.UU.). Heather está usando la versión de Boundless de Biología, que su escuela vende por 178 dólares (unos 140 euros). “Me niego a gastarme esa cantidad de dinero en un libro”, afirma Haygood en una entrevista por correo electrónico. “Todo el mundo sabe que los estudiantes universitarios suelen estar sin blanca, ¿por qué nos cobran tanto por los libros?... ¡Yo he tenido la suerte de encontrarlo gratis!”. Afirma que la edición de Boundless es una versión “prácticamente idéntica”.
Aaron White, cofundador y director de tecnología de Boundless afirma que la empresa usa una mezcla de editores humanos y tecnología para elaborar sus textos. Contrata a editores para localizar el contenido público en fuentes como Wikipedia, sitios web del gobierno y Connextions, un almacén de material académico de contenido libre.  Esa información se introduce en un gestor de contenidos, lo que permite a la empresa reutilizar las explicaciones –por ejemplo, cómo se replica el ADN- en numerosos textos.
Las editoriales comerciales se están pasando tan rápido como pueden a los formatos digitales. Ahora la mayoría vende libros electrónicos más baratos a través de sitios como CourseMate, Kno y iTunes de Apple. “Estamos en medio de un cambio de modelo”, afirma Bethlam Forsa, vicepresidente de Houghton Mifflin Harcourt, la mayor editorial de libros de texto de primaria de Estados unidos
Los editores de libros de texto en papel siguen disfrutando de algunas ventajas. En la educación primaria los estados no pueden exigir que los estudiantes pobres compren un ordenador o una tableta, así que siguen distribuyendo libros en papel. A nivel universitario, los profesores son reacios a cambiar de texto porque tendrían que poner al día sus cursos.
Estas barreras sirven para explicar por qué el movimiento de libros de texto de contenido libre o código abierto, usando un símil informático, que lleva una década en marcha,  nunca ha llegado demasiado lejos. “Las realidades comerciales de la distribución tienen mucho que ver con por qué no ha habido un cambio importante”, afirma Sandford Forte, fundador y director del Proyecto de Libro de Texto OpenSource de California (EE.UU.), que ya cuenta con 11 años de historia. “Los recursos y las habilidades necesarias para llevarlo a cabo no se encuentran en el sector académico”.
Ahora hay empresas que creen que pueden ganar dinero con libros gratuitos. Diaz afirma que la estrategia de Boundless es usar libros gratuitos para conseguir un público numeroso al que poder vender después servicios “premium” como tutorías. Diaz ofrece respuestas vagas sobre los productos de pago, que aún pueden tardar un año o dos en presentarse.
A pesar de que nadie ha dicho públicamente cómo conseguirá ingresos Boundless, la empresa recaudó 8 millones de dólares (unos 6,2 millones de euros) en capital riesgo en febrero. Mike Tyrrell, socio de Venrock, que dirigió la inversión, afirma que le atrajo la idea de que la educación en Estados Unidos es un negocio que mueve 750.000 millones de dólares (unos 584.000 millones de euros) pero que sigue funcionando como lo hacía en la década de 1960.
“La combinación de lo que está disponible con el contenido en línea, las herramientas en línea y la variedad de aparatos que se aplican contra una industria que en realidad no ha cambiado y que claramente no ha vivido una revolución, eso hace que sea un campo interesante para invertir”, afirma Tyrrell.
Parece ser que no necesitas cuaternios para hacer esos cálculos.
Copyright Technology Review 2012.

lunes, 20 de agosto de 2012

¿Se avecina el fin de las editoriales?

La industria editorial tiene mucha historia. Según leyendas de la industria, Bennett Cerf y Donald Klopfer fundaron Random House en los años 20 para publicar "unos pocos libros... al azar". Sir Allen Lane creó a la editorial británica Penguin Books en los años 30 luego de no lograr encontrar un buen libro de bolsillo para leer mientras esperaba un tren. Cuando cubrí el mercado de valores de Londres a fines de los años 90, ocasionalmente escribí sobre una editorial pequeña llamada Bloomsbury. Nadie los había escuchado nombrar, hasta que descubrieron una nueva autora para niños y unos libros que había escrito sobre un joven mago.
Hoy hay 70.000 estadounidenses que trabajan para editoriales, alrededor de 15% menos que hace una década. Muchos miles más trabajan como agentes, editores, diseñadores e impresores. Deseo que les vaya bien a todos. Pero sospecho que necesitan comenzar a escribir sus curriculos. No entiendo cómo sobrevive esta industria. De hecho, temo que el fin esté cerca.
Andrew Hinderaker for The Wall Street Journal
Jeremy Slusarz sostiene una copia de su libro autopublicado "Self-Publishing on the Espresso Book Machine"
La buena noticia es que nunca ha sido tan fácil convertirse en autor. ¿Esa novela —o idea para una novela— en la que ha estado pensando desde hace años? La puede publicar, en cuestión de días.
Acabo de escribir una biografía de Mitt Romney, basada (en parte) en mis notas sobre mis días como columnista del Boston Herald cuando Romney era gobernador de Massachusetts. La estoy publicando yo mismo, a través de Amazon. El proceso es tan rápido y fácil que me hace preguntarme por qué alguien volvería a acudir a una editorial tradicional.
(La principal desventaja es que uno no recibe un adelanto. En esta instancia, mi mayor riesgo es que Romney eche a perder las elecciones con sus errores antes de que el libro pueda llegar a las estanterías).
Sí, hay un proceso de aprendizaje. He tenido que averiguar un poco sobre formatos y modelos. Pero no soy un experto en tecnología, e incluso yo lo he podido dominar. En términos simples, uno copia su texto a un modelo predeterminado de Microsoft Word y lo sube. Luego puede diseñar su propia cubierta en Photoshop y subir eso también, o usar uno de sus modelos. Eso es todo. Lleva unos dos días obtener la edición de prueba, y unos pocos días más lanzar el libro. Luego está disponible, como cualquier otro, en Amazon.com.
También estoy publicando el libro para Kindle, y eso es aún más fácil, unas doce horas desde subir el documento hasta publicarlo.
Este es un contraste sorprendente frente a mi última experiencia de publicar un libro. En ese momento lo hice con una editorial tradicional. Mientras menos cuente de la experiencia, mejor, pero en resumen pasaron 18 meses desde el momento en que tuve la idea hasta que se imprimió. Justo después de que colapsara Lehman Brothers fui a ver un agente y le dije: "Esta crisis será mucho más profunda, más larga y peor de lo que se da cuenta la gente. Quiero escribir una guía de supervivencia para sus finanzas personales". Pero llevó meses lograr que una editorial firmara, y luego el tiempo de producción fue de casi un año. Para ese momento la percepción del público había cambiado. (Desde entonces volvió a cambiar, por supuesto.)
Hace unos pocos días Penguin, que ahora es propiedad de Pearson, anunció que sus ganancias operativas de la primera mitad del año habían caído casi 50%. Luce peor de lo que es: las ganancias volvieron al nivel de hace unos años atrás. Pero lo que sospecho que le está pasando en la industria es un proceso en dos etapas. Primero, la llegada de libros electrónicos benefició a las editoriales. Han podido publicar sus libros en formato electrónico y obtener un mayor margen neto. Pero luego viene una segunda etapa: los autores dejan de lado por completo a la editorial y se publican a sí mismos. Eso es lo que está sucediendo ahora.
Bajo el viejo sistema, el autor tenía suerte si recibía 15% del precio de cubierta. Hoy pueden quedarse con mucho más, hasta 70% en el caso de libros electrónicos.
Hace algún tiempo, comprábamos libros en tiendas. Las editoriales tenían relaciones privilegiadas con los dueños de las tiendas. Así que no se podía llegar al mercado sin ellos. Hoy, esa estructura desapareció. Esto no significa el fin de todos esos empleos en el mundo editorial. Si está escribiendo un libro serio, sigue necesitando un editor de desarrollo, un editor de copia, un lector de prueba, quizás un diseñador para la cubierta, y alguien en marketing. Pero en el futuro esas personas trabajarán en modalidad freelance. Serán contratados por proyecto. Los mejores agentes reestructurarán sus roles para ser administradores, o "productores". Reunirán a la gente necesaria para el proyecto.
Incluso bajo el sistema actual, uno tiene que hacer su propio marketing de todos modos. Naturalmente, estoy teniendo que lidiar con mucho más en Facebook y Twitter que antes. Es un mundo nuevo, feliz o no.
Forrester Research predice que las ventas de libros electrónicos aumentarán desde US$2.200 millones el año pasado a US$10.500 millones para 2016. Pero incluso si es así, ¿a dónde irá el dinero?
Antes, las editoriales podrían usar las enormes ganancias obtenidas con autores como John Grisham o Patricia Cornwell, y usarlas para subsidiar otros libros menos rentables. El formato de la librería alentaba la curiosidad; uno iba a comprar un libro y se llevaba otros cinco que le llamaban la atención.
En el futuro no existirá esa misma práctica de curiosear, y no habrá subsidios. En algún momento, personas como John Grisham o Patricia Cornwell podrían autopublicarse y quedarse con casi el 100% de su producción; la única barrera será Amazon, que controla acceso al Kindle.
La autopublicación producirá un tsunami de libros. Muy pocos serán éxitos financieros. Muy pocos serán buenos. Examinar cuidadosamente para separar el grano de la paja será mucho más difícil que dar una mirada en una librería. Sospecho que los pocos éxitos de ventas acapararán la atención sobre el resto. Hubo una época en la que las porristas de Internet hablaban sobre la idea de que Internet lograría que productos marginales fueran rentables. La realidad parece indicar lo contrario: el dominio abrumador de los pocos.
¿Qué significa eso para la economía de la escritura? Ya veremos. recientemente almorcé en Miami con el escritor Gerald Posner. Trabaja en una gran historia del Vaticano y su riqueza a lo largo de los siglos. Es un tema fascinante e importante. El libro probablemente le lleve cinco años, de comienzo a fin, entre investigar, escribir y publicar. Esta clase de "grandes libros", ¿serán incluso económicos en la nueva era electrónica? Sin adelantos, ni subsidios cruzados. El escritor asume un riesgo enorme, con ventajas casi mínimas también. Tengo mis dudas.

lunes, 2 de julio de 2012

El libro electrónico registra sus hábitos de lectura

[image]Reuters








Un lector promedio demora apenas siete horas en leer el último libro de la trilogía Los juegos del hambre de Suzanne Collins en el lector de libros electrónicos Kobo, lo que equivale a unas 57 páginas por hora. Cerca de 18.000 usuarios del Kindle, el lector de libros electrónicos de Amazon.com, han subrayado la misma oración del segundo libro de la serie. Lo primero que hacen los dueños de un Nook, el aparato de la cadena de librerías Barnes & Noble Inc., cuando terminan de leer la primera entrega es descargar la siguiente.
Hasta hace poco, las editoriales y los autores no tenían manera de saber qué pasaba cuando una persona se sentaba a leer. ¿Acaba el libro ahí mismo o lo abandona en la tercera página? ¿La mayoría se salta la introducción o la lee con detenimiento, subraya pasajes y hace anotaciones en los márgenes?
Ahora, los libros electrónicos ofrecen un vistazo a la historia detrás de las cifras de ventas, al revelar no sólo cuánta gente compra ciertos libros, sino con qué devoción los leen.
Durante siglos, la lectura ha sido un acto solitario y privado, un intercambio íntimo entre el lector y las palabras de una página. Pero el ascenso de los libros digitales ha producido un cambio profundo en la manera en que leemos, al transformar la actividad en algo cuasi público que se puede medir.
Las principales empresas de libros electrónicos —Amazon, Apple y Google— pueden rastrear con facilidad el avance de las lecturas, cuánto tiempo demoran las personas en acabar un libro y qué términos de búsqueda usan para encontrar textos. Aplicaciones de libros para tabletas como el iPad, Kindle Fire y Nook registran cuántas veces los lectores inician una lectura y cuánto tiempo le dedican. Los minoristas y algunas editoriales están empezando a rastrear la información, lo que les ofrece un entendimiento sin precedentes de cómo la gente se involucra en la lectura.
Las editoriales han estado rezagadas del resto de la industria del entretenimiento a la hora de medir los gustos y los hábitos de los consumidores. Los productores de televisión recurren a focus groups y los cineastas a una serie de pruebas que evalúan las reacciones de la audiencia. Pero en el mercado de los libros, la satisfacción del lector ha sido siempre medida por datos de ventas y reseñas, parámetros que ofrecen una lectura post mórtem pero sin dar forma o predecir un éxito de ventas. Eso ha empezado a cambiar a medida que las editoriales y las librerías emplean la nueva información, y más compañías de tecnología buscan satisfacer las necesidades de las editoriales.
Barnes & Noble, que posee entre 25% y 30% del mercado de libros electrónicos, recopila y estudia datos recogidos del Nook que revelan, por ejemplo, hasta qué parte de un libro llegan los lectores, qué tan rápido leen y cómo los seguidores de ciertos géneros se involucran con sus libros. Jim Hilt, subdirector de libros electrónicos de la compañía, dice que la empresa ha empezado a compartir sus hallazgos con editoriales para ayudarlas a crear libros que capten mejor la atención del público.
Es mucho lo que está en juego para Barnes & Noble, cuyas ventas de libros electrónicos crecieron 119% en su último año fiscal. En total, dispositivos Nook y libros electrónicos generaron US$1.300 millones frente a US$880 millones en el año previo. Microsoft pagó hace poco US$300 millones por una participación de 17,6% en Nook.
La información, que se concentra en grupos de lectores, no en individuos, ya ha ofrecido datos útiles. Algunas conclusiones confirman lo que los minoristas ya deducían de las listas de los libros más vendidos. Por ejemplo, los usuarios de Nook que compran el primer libro de una serie popular, como Cincuenta sombras de Grey, de E L James, tienden a devorar todos los libros de la saga, casi como si estuvieran leyendo una sola novela.
Según los datos provistos por Nook, los libros de no ficción tienden a ser leídos paulatinamente mientras que las novelas usualmente se acaban rápidamente, los libros de no ficción, particularmente los largos, suelen ser abandonados primero. Los aficionados a la ciencia ficción, el romance y crímenes de ficción tienden a leer más libros más rápidamente que los lectores de ficción literaria y terminar la mayoría de los libros que empiezan.
Estos hallazgos ya están moldeando los tipos de libros que Barnes & Noble vende en su lector electrónico. Hilt dice que cuando descubrieron que los lectores suelen abandonar libros largos de no ficción, la empresa comenzó a buscar formas de involucrar a lectores en libros de no ficción y trabajos periodísticos extendidos. Para ello lanzó las "Nook Snaps", publicaciones cortas sobre temas que van desde la religión hasta el movimiento Ocupar Wall Street.
Determinar el momento en que los lectores se aburren podría también ayudar a las editoriales a crear ediciones digitales más entretenidas, al incluir un video, un enlace a la web u otras funciones multimedios, sostiene Hilt. Las editoriales también podrían determinar cuándo una serie está perdiendo atractivo si quienes compraron y terminaron los dos primeros libros de pronto tardan o dejan de comprar los siguientes.
"La mayor tendencia que estamos tratando de definir es cuándo un lector abandona un libro y qué pueden hacer las editoriales para evitarlo", dice Hilt. "Si podemos ayudar a los autores a crear incluso mejores libros de los que escriben ahora, todos saldremos ganando".
Algunos escritores han acogido bien los nuevos métodos. Scott Turow, autor de novelas como Presunto culpable, dice que la incapacidad de la industria para estudiar su audiencia siempre lo ha frustrado. "Si puedes descubrir que un libro es muy largo y que tienes que ser más riguroso en su edición, a mí personalmente me encantaría recibir esa información", señala.
Otros autores temen que la importancia de los datos desaliente los riesgos creativos que producen la gran literatura. "Lo bueno de un libro es que puede ser excéntrico, tan largo como necesite serlo y es algo en lo que el lector no tiene injerencia", argumenta Jonathan Galassi, presidente y editor de la editorial Farrar, Straus & Giroux. "No vamos a cortar Guerra y Paz solo porque alguien no la acabó".
Amazon, que tiene una ventaja porque es minorista y editorial, tiene mucho que ganar con la información que recopila de los hábitos de lectura de sus clientes.
No es un secreto que Amazon y otros minoristas de libros electrónicos revisan y almacenan información detallada de qué libros se compran y se leen. Lo usuarios del Kindle firman un acuerdo que le otorga a la empresa permiso para almacenar información del aparato, incluida la última página que ha leído, además de sus anotaciones y subrayados. Amazon puede identificar qué pasajes de libros digitales son populares y compartir parte de esa información en su sitio web.
"Lo vemos como la inteligencia colectiva de toda la gente que lee con el Kindle", dice Kinley Pearsall, vocera de Amazon.
Algunos defensores de la privacidad dicen que los usuarios de lectores electrónicos deberían estar protegidos de tecnología que registra sus hábitos. "Existe un ideal social de que lo que uno lee no debería incumbirle a nadie", dice Cindy Cohn, directora legal de Electronic Frontier Foundation, un grupo sin fines de lucro. "En este momento no hay forma de decirle a Amazon que quieres comprar sus libros pero que no quieres que rastree lo que estás leyendo".
Amazon no quiso comentar sobre cómo analiza y usa la información que recoge del Kindle.
La transición a los libros digitales ha producido una carrera a muerte entre nuevas empresas de tecnología que buscan monetizar la enorme fuente de datos que representan los lectores electrónicos y aplicaciones. Nuevos servicios que permiten a los consumidores comprar y almacenar libros en una biblioteca digital y leerlos en distintos aparatos tienen algunos de los programas de software de rastreo de hábitos más sofisticados.
Copia, una plataforma de lectura digital con 50.000 suscriptores, recopila información demográfica y de lectura detallada, incluida la edad, el género y la educación del consumidor que compró un libro, así como cuántas veces lo descargó, abrió y leyó, y comparte los datos con las editoriales. La información es agrupada para no identificar lectores individuales.
Kobo, que fabrica aparatos de lectura digital y opera un servicio que almacena 2,5 millones de libros y cuenta con más de ocho millones de usuarios, ha empezado a analizar cómo los lectores en su conjunto se involucran con libros específicos y géneros. La compañía rastrea cuántas horas pasan con un libro y hasta dónde llegan.
Algunas editoriales ya están tanteando audiencias con ediciones digitales de libros antes de publicarlos en papel. Sourcebooks, una editorial que publica alrededor de 250 libros al año, ha lanzado ediciones electrónicas de media docena de títulos y solicitado preguntas y sugerencias a los lectores. A la larga, las contribuciones de los lectores serán incorporadas en las versiones impresas.
Pocas editoriales han llevado el experimento tan lejos como Coliloquy. Sus libros digitales, que están disponibles en el Kindle, Nook y lectores electrónicos que usan el sistema operativo Android, ofrecen un formato que le permite al lector decidir sobre los personajes y las tramas. Los ingenieros de la compañía recopilan y agrupan las selecciones de los lectores y las comparten con los autores, que pueden ajustar las historias de sus próximos libros según las preferencias de la audiencia.
"Queremos ofrecer un mecanismo de retroalimentación que no existía antes entre autores y lectores", manifiesta Waynn Lue, un ingeniero en computación y ex empleado de Google, uno de los fundadores de Coliloquy.

lunes, 11 de junio de 2012

Los libros cambian la historia de la piratería digital

En el campo de la piratería digital, el mundo editorial se está defendiendo mucho mejor que la industria de la música.
Hace 10 años, las casas disqueras creían que habían vencido a la piratería cuando el enormemente popular Napster —un servicio que permitía encontrar y descargar canciones en línea— se declaró en bancarrota. En ese momento, las ventas anuales de música en Estados Unidos habían caído a unos US$2.000 millones, luego de alcanzar un pico de US$14.500 millones en 1999. Las disqueras culparon a Napster y afirmaron que la empresa alentaba la violación de derechos de autor. Desde entonces las ventas han caído otros US$5.500 millones, lo que representa una baja total de más de 50%.
Brian Stauffer
El negocio de los libros ahora está más avanzado en su propia historia digital que el de la música cuando desapareció Napster. Ambas historias comenzaron cuando los medios digitales se volvieron portátiles. En el caso de la música, eso fue en 1999, cuando las discográficas fueron derrotadas en una batalla legal para prohibir los reproductores de MP3. Para los libros, el hito fue el lanzamiento del Kindle en 2007.
El negocio editorial ha tenido un comienzo mucho mejor. Ambas industrias registraron una caída de alrededor de 20% en ventas físicas cuatro años después de sus respectivos inicios digitales. Pero las ventas de libros electrónicos han compensado ampliamente la disminución en las ventas de papel, a diferencia de las ventas de música digital, que se mantuvieron testarudamente cercanas a cero durante años.
Esto no prueba que los amantes de la música sean unos delincuentes. Más bien, muestra que venderles a los primeros en adoptar una nueva tecnología es una buena decisión. Las editoriales lo hicieron, a diferencia de las casas disqueras, que esencialmente insistieron en que la primera generación digital o bien robara música en línea o se quedara por completo sin música.
Siendo uno de los primeros emprendedores de la industria musical en línea, recuerdo bien esta desastrosa estrategia. En 1999, fundé Listen.com, con la esperanza de que la industria de la música adoptara pronto la floreciente Internet como un formato, de la misma manera en que antes había adoptado los CD, casetes, cintas de ocho pistas y tres velocidades diferentes de vinilos.
Pero las discográficas recibieron al primer reproductor masivo de MP3 —el Diamond Multimedia Rio— con una demanda judicial. La industria argumentó que dudaba "que hubiera un mercado para aparatos MP3 más allá que las miles de miles de canciones ilegales en Internet".
Observe la palabra "miles". El tráfico de música ilícita era insignificante en comparación con los cientos de millones de canciones que ahora circulan por Internet. El debut de Napster se produjo casi un año a destiempo, y la práctica de compartir archivos era desconocida fuera de los círculos técnicos o universitarios.
Lo que realmente causó entusiasmo respecto a los reproductores de MP3 fueron los US$75.000 millones que los estadounidenses habían gastado en CDs hasta ese momento. Los MP3 podrían lograr que esa amplia inversión de los consumidores fuera más valiosa al permitir que las colecciones de música fueran mucho más portátiles y combinables.
Pero las discográficas buscaron infructuosamente proteger al CD a través de una prohibición que fue rechazada por una corte en 1999. De no haber sido así, es poco probable que se hubiera inventado el iPod. Y eso habría descarrilado la cadena de productos e innovaciones que llevaron a la reinvención de los teléfonos celulares y las computadoras portátiles que electrizan al mundo actualmente.
Los consumidores ansiaban nuevas canciones digitales, ya que la capacidad de sus reproductores de MP3 se expandía de decenas de temas a miles. Las grandes disqueras no podían prohibir los aparatos, pero tampoco estaban dispuestas a vender canciones que se pudieran reproducir en ellos.
Para ese momento, la música digital se expandía exponencialmente. La popularidad de Napster creció a pasos agigantados, mientras las discográficas insistían con su boicot de la música digital. Fue así que millones de consumidores descubrieron de forma ilícita las grandes ventajas de la música digital.
Para cuando los sellos musicales otorgaron las primeras licencias para escuchar canciones en línea, el mercado sólo quería descargas, algo para lo que las disqueras recién otorgaron licencias en 2003, casi cinco años después de que aparecieran los reproductores de MP3.
Las licencias se expandieron rápidamente a partir de ese momento, pero el daño ya estaba hecho.
Los libros digitales, en cambio, tuvieron licencias y no demandas judiciales desde el principio. Las editoriales pueden enfrentar desafíos actualmente, pero como me dijo un observador de la industria: "Al menos no nos auto-inmolamos".
—Reid fundó Listen.com, la empresa que creó el servicio de música Rhapsody.

lunes, 28 de mayo de 2012

Calcular el precio del e-book: En busca del mejor modelo para editoriales y lectores

Por Wharton

Apple y cinco editoriales fueron procesadas de forma reciente por el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusadas de conspirar para fijar los precios de los e-books vendidos en la web iBookstore de Apple, lo que ha llamado la atención de los medios de todo el mundo. En la demanda, el Gobierno acusa a Apple y las editoriales HarperCollins, Hachette, Macmillan, Penguin y Simon & Schuster de limitar la competencia en la industria de libros electrónicos, elevar los precios y perjudicar a los consumidores a través de una estrategia conocida como "modelo de agencia". Aunque tres de las cinco editoriales ya hayan llegado a un acuerdo con el Departamento de Justicia, Apple, Macmillan y Penguin aún están preparando su defensa en el tribunal.

El episodio ha puesto bajo los focos al modelo de agencia —también conocido como "modelo de plataforma"— del comercio electrónico, en que un número cada vez mayor de fabricantes vende sus productos directamente al consumidor por Internet fijando, ellos mismos, precios para los productos. El modelo de agencia se diferencia del modelo más tradicional de "mayorista" en el comercio electrónico, en que "minoristas electrónicos", como Amazon.com, compran los productos a los fabricantes y los revenden al consumidor a precios fijados por los minoristas.

La controversia legal sobre el intento de Apple de usar el modelo de agencia en las ventas directas de libros al consumidor constituye una buena oportunidad para que los minoristas electrónicos y sus clientes analicen las ventajas y los costes de adoptar esa estrategia, observa Z. John Zhang, profesor de Marketing de Wharton y autor de numerosos estudios sobre el tema junto con Vibhanshu Abhishek, alumno del doctorado en Wharton, y Kinshuk Jerath, profesor de la Universidad Carnegie Mellon. ¿La venta online con el modelo de agencia perjudica al consumidor —y a la sociedad en general— aumentando los precios de diversos productos, y no sólo de los e-books? ¿O el modelo de agencia proporciona beneficios económicos y sociales sustanciales, muchas veces subestimados, para fabricantes, minoristas y el público en general? El estudio más reciente de los investigadores en torno a esas cuestiones tiene como título "¿Vender o revender por el modelo de plataforma? Estructuras de canales en el comercio electrónico" [To Platform-Sell or Resell? Channel Structures in Electronic Retailing].

Vender más Kindles

Los orígenes del conflicto se remontan a los inicios de la industria del libro electrónico, cuando Amazon.com, una de las empresas pioneras en el segmento, recurrió al modelo mayorista para vender todos sus libros electrónicos por US$ 9,99, dice Zhang. "Amazon vendía a pérdidas los e-books porque creía que si reducía lo bastante el precio para el consumidor, más gente se interesaría en comprar el Kindle", el único hardware en que los e-books de la empresa se pueden leer. La estrategia de largo plazo de Amazon parecía basarse en la idea de que con la ampliación de la cuota de mercado de libros electrónicos del Kindle, la empresa acabaría ganando más dinero con el aparato y controlaría el acceso al mercado de libros electrónicos. Pero las editoriales temían que si Amazon.com cobraba sólo US$ 9,99 por todos los libros electrónicos, ellas no estarían en condiciones de cobrar por encima de ese valor sus e-books. "Su temor era que Amazon acabaría por obligarlas, en algún momento, a bajar los precios de los e-books, lo mismo que hace el peso pesado Walmart con sus proveedores", dijo Zhang.

Por ese motivo las editoriales se unieron a Apple, según alega el Departamento de Justicia, para adoptar el mismo modelo de agencia que Apple usa tradicionalmente para vender sus aplicaciones, en lugar del modelo mayorista usado por Amazon. Los desarrolladores de software para Apple determinan los precios online de sus productos desde hace mucho tiempo, al mismo tiempo que pasan a Apple un 30% de los ingresos brutos obtenidos. Gracias al acuerdo del modelo de agencia entre Apple y las editoriales, éstas pudieron fijar sus precios para los libros electrónicos disponibles en los aparatos de Apple, así como Apple determina los precios de su software.

Como era previsible, los libros electrónicos de Apple se volvieron más caros que los e-books de Amazon, por eso las editoriales están presionando a Amazon para que adopte el mismo modelo de agencia para la venta de sus libros en la Web de la empresa. En 2010, Amazon cedió a la presión, lo que tuvo como resultado el aumento de los precios de los libros en la Web. Mucha gente que compra libros electrónicos en Amazon.com se sintió molesta con los aumentos de precios que se produjeron.

Evitar márgenes de beneficios elevados

¿Será realmente verdad que el acuerdo entre Apple y las editoriales mencionadas perjudica al consumidor? ¿O el modelo de agencia tiene beneficios ocultos que el Departamento de Justicia dejó de considerar o despreció? Para responder a esas preguntas, Zhang y sus colaboradores hicieron extensos análisis económicos, algunos de los cuáles fueron publicados, sobre el impacto de ese modelo sobre la competencia. El punto de partida de la investigación, dice Zhang, fue la percepción de que el modelo de precio en el comercio mayorista usado en el comercio electrónico tradicional "no es muy eficiente", porque tanto el mayorista como el minorista quieren maximizar sus beneficios, lo que ha tenido como resultado un margen de beneficios elevado en los precios pagados por el consumidor. 

"Los economistas creen que un margen de beneficios elevado no ayuda al consumidor, al fabricante, ni al minorista [inclusive los que operan en el comercio electrónico]", dice Zhang. "Muchos economistas comparan ese problema al modelo mayorista y lo llaman "problema del doble margen". Cuando se emplea ese modelo, "los precios finales se vuelven demasiado altos para maximizar los beneficios; así, los intereses del fabricante y del minorista no están alineados de tal modo que permitan maximizar también el bienestar social".

Durante años, las personas han intentado descubrir un medio de alinear esos intereses en conflicto. Una solución obvia sería que el fabricante recurriera a un tipo de integración en que él abriera tiendas propias para vender sus productos directamente al consumidor. Es lo que Apple hace, eliminando con eso los márgenes de beneficio del comercio. Pero pocas empresas pueden hacerlo en el mundo de las tiendas físicas, observa Zhang, porque "la mayor parte de los fabricantes no tiene recursos" para montar tiendas propias, y la mayoría de ellos —a diferencia de Apple— "no produce variedades suficientes de productos para venderlos en una tienda propia".

Si, por ejemplo, una determinada empresa vende sólo pasta de dientes, no podrá abrir una tienda sólo para eso, aunque la pasta venga en diversos sabores. Lo mejor que la mayoría de los fabricantes puede hacer cuando recurre a los canales tradicionales de venta es usar el formato conocido como "tienda dentro de la tienda"; básicamente, un modelo de agencia para minoristas que operan en el mundo físico. Ese formato lo utilizan prácticamente todas las categorías de productos de las tiendas de departamentos de países asiáticos como Japón, Singapur y China. Según Zhang, hay señales evidentes de que los minoristas del mundo físico están moviéndose en esa dirección.

A pesar de la imagen negativa del modelo de agencia generada por la demanda judicial que ha acaparado los titulares, Internet ha sido una bendición para esa estrategia, dice Zhang. El modelo de plataforma (o agencia) de Apple para aplicaciones permite a los desarrolladores de software tener su propia tienda y vender sus productos directamente al consumidor. "En teoría, el modelo de agencia es una forma muy buena de resolver ese problema de doble margen, porque tiene sólo una capa", resalta. Cuando, por ejemplo, una editorial paga una tarifa constante del 30% a Apple, "eso no distorsiona el precio por el cual la editorial vende al usuario final". Eso sucede porque cuando la editorial se queda con un 70% del pastel, su interés —así como el del agente (en este caso, Apple)— es el de aumentar el tamaño del pastel, y no su propia tajada en él. Cuando todos los miembros del canal intentan conseguir una tajada mayor del pastel, éste se reduce y todos sufren, inclusive el consumidor.

En Internet es mucho más fácil para todos los tipos de fabricantes poner en práctica el modelo de agencia, no sólo fabricantes de gran tamaño, como Apple, que cuenta con productos varios y una marca fuerte para vender directamente en sus tiendas online. Un número cada vez mayor de pequeños fabricantes está vendiendo un volumen más elevado de sus productos a precios competitivos directamente al consumidor en plataformas comerciales electrónicas administradas por webs como Alice.com, Etsy.com e incluso en Amazon Marketplace. En vez de emerger debilitado como consecuencia de la controversia del libro electrónico de Apple, "con el tiempo, el modelo de agencia puede tener una segunda oportunidad de salir victorioso. En realidad, eso debería suceder para el bien de la economía y del consumidor", añadió Zhang.

¿Qué queda para el consumidor?

¿Por qué, entonces, en el caso del e-book, el Departamento de Justicia quiere interferir en el modelo de agencia? Para muchos, el resultado más condenable de la supuesta conspiración entre Apple y las editoriales es que los precios de los libros electrónicos de Amazon —y, de hecho, de los e-books en general— subieron, perjudicando al consumidor. Pero Zhang cuestiona si tal argumento toma en cuenta todos los medios por los cuáles el modelo de agencia ha impactado en el mercado de libros electrónicos. Por ejemplo, aunque los precios de los e-books de Amazon hayan subido, los precios del Kindle también bajaron durante el mismo periodo. "No se puede decir, por lo tanto, que el consumidor se lleve siempre la parte mala del modelo de agencia. Es preciso equilibrar todos los intereses del consumidor que están en juego".

Además, dice Zhang, el primer grupo de consumidores que compró el Kindle estaba constituido, en su casi totalidad, por consumidores menos preocupados por el precio y, posiblemente, dispuestos y en condiciones de pagar precios más elevados por los e-books. "Para esas personas, el impacto fue pequeño cuando Amazon elevó los precios de sus libros electrónicos". La sociedad en general también salió ganando cuando el consumidor, que finalmente podía comprar ahora un Kindle más barato, tuvo acceso a miles de e-books aún disponibles a un precio muy bajo, o gratis, en la Web de Amazon. En realidad, con el modelo de agencia difundiéndose por la industria editorial, "veremos que el iPad, Kindle y Nook bajarán de precio, compitiendo aún más por nuevos lectores", observa Zhang.

Las editoriales, por su parte, también tienen un argumento válido: si las editoriales de libros electrónicos restringen al modelo mayorista priorizado por Amazon, el consumidor podría evitar pagar los precios elevados que Amazon podría cobrar después de obtener una cuota de mercado aún mayor en el segmento de libros electrónicos. "Si Amazon tiene éxito en la construcción de su cuota de mercado, podría volverse tan fuerte que podría dictar a las editoriales los precios de los libros electrónicos", resaltó Zhang. Si eso sucede, "¿quien tendría incentivo para producir e-books con las tecnologías más avanzadas", como vídeos, elementos interactivos y links con Internet? "Todo eso cuesta dinero, y las editoriales quieren espacio para hacer inversiones en la tecnología que necesitan para ser innovadoras. La flexibilidad de precios y la libertad de acción que ganan con el modelo de agencia les dará el espacio que necesitan".

Inicialmente, el modelo de agencia "podrá tener como resultado precios más elevados para los libros electrónicos, según pudimos observar", observa Zhang. Eso sucede porque Amazon ha recurrido a la estrategia de precios que dan poco retorno a la empresa para alcanzar sus objetivos de cuota de mercado. Además, el modelo de agencia tiene la tendencia de reducir la competencia entre tiendas: si una editorial vende un libro a través de Apple y de Amazon, "es previsible que la editorial no vaya a intentar bajar el precio en Amazon para disminuir las ventas del mismo libro por Apple". En ese caso, sin embargo, Zhang y sus colaboradores demostraron que no se han cerrado todas las apuestas en la cuestión de la competencia de precios, ya que el modelo de agencia abre la posibilidad de competencia de precios entre editoriales. "Para vender un libro, la editorial tendrá que competir de forma más dura con otras que ofrecen títulos semejantes a sus lectores".

En su investigación más reciente, Zhang y sus compañeros lidian con la cuestión a que los minoristas electrónicos se enfrentan actualmente: ¿cuándo deben intentar usar un modelo de plataforma —o agencia—, en vez del formato más convencional de la reventa? Al desarrollar un modelo teórico para su estudio, los investigadores se detuvieron "en los efectos de los dos principales factores resultantes del formato de ventas del comercio electrónico: la competencia entre minoristas electrónicos y la reacción del fabricante en vista del impacto del canal electrónico como base de ventas del canal tradicional (comercio de tiendas físicas)". Según los resultados del trabajo, "cada vez que las ventas del canal electrónico conllevan efectos negativos de demanda en el canal tradicional, el minorista electrónico prefiere recurrir a plataformas, mientras que cuando las ventas en el canal electrónico tienen como resultado un estímulo sustancial de demanda en el canal tradicional, el minorista electrónico prefiere revender los contratos con los fabricantes". Además, "esa preferencia está moderada por la competencia entre los minoristas electrónicos, y en la medida en que la competencia 
entre ellos aumenta, el minorista electrónico prefiere recurrir a plataformas".

Los investigadores observaron que las plataformas están muy repartidas en sectores tan dispares como el de bienes de consumo envasados (Alice.com), viajes (Expedia, Travelocity) y productos y objetos de arte tradicionales (Etsy.com), además de los "marketplaces", como Amazon Marketplace y Marketplace de Sears.com. Los autores, sin embargo, advierten a los profesionales de marketing de que "el comercio online aún está en evolución" y que, aunque el modelo de agencia "se haya vuelto un fenómeno generalizado, la comprensión de ese fenómeno aún es limitada". "Esa es una razón más por la cual debemos ser muy cautelosos para no quitar lo bueno y lo malo", dice Zhang.